jueves, marzo 18, 2010
Salto al vacío
Finalmente, luego de pasar tanto tiempo entre mis semejantes, decidí saltar al vacío. Ya no quise seguir con esa sensación de estar todo el tiempo en el aire y con una creciente opresión.
Salté pues desde lo más alto y sin mirar atrás. No reparé si había más nubes o un cielo azul infinito a mis espaldas.
Al sentir la brisa arropándome con fuerza mientras caía con un zumbido que me arrullaba, dejé volar mi imaginación. Recordé mis primeros tiempos de liviandad y despreocupación. Era una vida revoloteante, flotante, vacía de presiones y sonriente. Luego con el tiempo se fue transformando en algo gris, cargado y pesado. Algo que no soporté vivir más.
Mientras me acercaba al suelo observé los techos de las casas, los cables, los pocos sembradíos aquí y allá. Se veían distorsionados de tanto calor que les azotaba. Las calles cubiertas de humo, la tierra con un tono amarillo pálido, sedienta y resquebrajada. La gente, que parecía un montón de puntos crecientes, andaba cabizbaja pero apurada para no calcinarse con la sequía.
Caí pues, cada vez más cerca del final, a un vacío que no era tal, repleto de aire, partículas, un avión comercial que se bamboleaba estridente, unas aves en bandada sedienta, más humo y más polvo…hasta que por fin llegué a la tierra.
Luego del impacto tan poderoso que levantó varias piedrecillas, me fundí con el terreno y me transformé en una partícula de barro húmedo luego de ser la primera gota que cayó de un anhelado aguacero.
Publicado también en las Petruscosas y en ShortCuentos
Foto de Davide-DiploD
Etiquetas: aguacero, aves, avión, ciencia ficción, Cuentos, Cuentos cortos, ficción, imaginación, lluvia, partículas, polvo, relato, relato breve, Salto, salto al vacío, sequía, vida
miércoles, abril 25, 2007
Lamento del suicida
Un jueves, soleado el condenado día, a golpe de 7 de la mañana abrí la ventana y me lancé ¡Zuas! Desde el piso 15.
Pasando por el décimo piso comencé a notar un desdoblamiento entre lo que estaba percibiendo mi cuerpo: la brisa, el vacío, la velocidad…y mi mente: calma, curiosidad y además la pregunta: “bueno pero… ¿no se supone que debería estarme pasando toda mi vida delante de mis ojos?, ¿Qué es esto de que pude ver al señor García del piso 7 prendiendo un tabaco y a la dueña de la agencia del piso 5 abriendo el periódico en la página farandulera?
Finalmente el platanazo en plena avenida…un golpe sordo, unos cuantos frenazos, gritos y llantos y todo el rollo que se forma en esos casos. Justo en ese momento fue cuando descubrí mi don de ver, oír y saber todo cuanto pasaría a mí alrededor luego del suicidio. ¡Horror de horrores!
A los 5 minutos ya la cola de carros rebasaba las 6 cuadras y por allá en una camioneta, mi gran amigo, mi pana, refunfuñando: “¿¡y ahora que habrá pasado!?...Seguro un choque o algún fiscal porque aquí nunca falta algo pa’ que haya cola”…y así siguió, molesto conmigo. Resentido inútilmente con la misma cola que se consigue todos los días…pero ¡hoy la culpa es mía compadre del alma, perdóneme!
Una señora a la que le caí bien cerca mientras cruzaba la calle fuera del rayado me dedica sus pensamientos “pobrecito este idiota, ¿Qué le habrá pasado?, seguro una cuestión amorosa o se quedó sin real…¡y viene a darme este rolo e’ susto justo hoy que ando toda nerviosa!, ¡inconsciente!”…Verdad que no pensé en los sustos, en las viejitas que pasan por allí o los niños…es que la cosa es de un solo impulso ¿saben?
Arriba en el poderoso helicóptero rojo, Cañizales dice a los micrófonos: “Seguimos arriba…hay un retardo en la Avenida Francisco de Miranda y no podemos ver bien…esto acaba de ocurrir…parece que hay un arrollamiento…no, no, nos confirman que es una persona que se arrojó desde uno de los edificios y cayó justo en la vía rápida de la avenida…pero señores, ¡hasta cuando la anarquía en esta ciudad!, hacemos una vez más el acostumbrado llamado a los conductores; señores, no utilicen el hombrillo porque esa es una vía de emergencia, de auxilio vial…y a los que quieren quitarse la vida saltando desde ventanas, por favor, piensen en los demás y en vez de caer en el canal rápido ¡apúntenle al hombrillo! O cuando menos busquen una acera desierta o un jardín…es que así es como podremos hacer de esta una ciudad mejor… ¡volvemos al estudio!”
Pasando por el décimo piso comencé a notar un desdoblamiento entre lo que estaba percibiendo mi cuerpo: la brisa, el vacío, la velocidad…y mi mente: calma, curiosidad y además la pregunta: “bueno pero… ¿no se supone que debería estarme pasando toda mi vida delante de mis ojos?, ¿Qué es esto de que pude ver al señor García del piso 7 prendiendo un tabaco y a la dueña de la agencia del piso 5 abriendo el periódico en la página farandulera?
Finalmente el platanazo en plena avenida…un golpe sordo, unos cuantos frenazos, gritos y llantos y todo el rollo que se forma en esos casos. Justo en ese momento fue cuando descubrí mi don de ver, oír y saber todo cuanto pasaría a mí alrededor luego del suicidio. ¡Horror de horrores!
A los 5 minutos ya la cola de carros rebasaba las 6 cuadras y por allá en una camioneta, mi gran amigo, mi pana, refunfuñando: “¿¡y ahora que habrá pasado!?...Seguro un choque o algún fiscal porque aquí nunca falta algo pa’ que haya cola”…y así siguió, molesto conmigo. Resentido inútilmente con la misma cola que se consigue todos los días…pero ¡hoy la culpa es mía compadre del alma, perdóneme!
Una señora a la que le caí bien cerca mientras cruzaba la calle fuera del rayado me dedica sus pensamientos “pobrecito este idiota, ¿Qué le habrá pasado?, seguro una cuestión amorosa o se quedó sin real…¡y viene a darme este rolo e’ susto justo hoy que ando toda nerviosa!, ¡inconsciente!”…Verdad que no pensé en los sustos, en las viejitas que pasan por allí o los niños…es que la cosa es de un solo impulso ¿saben?
Arriba en el poderoso helicóptero rojo, Cañizales dice a los micrófonos: “Seguimos arriba…hay un retardo en la Avenida Francisco de Miranda y no podemos ver bien…esto acaba de ocurrir…parece que hay un arrollamiento…no, no, nos confirman que es una persona que se arrojó desde uno de los edificios y cayó justo en la vía rápida de la avenida…pero señores, ¡hasta cuando la anarquía en esta ciudad!, hacemos una vez más el acostumbrado llamado a los conductores; señores, no utilicen el hombrillo porque esa es una vía de emergencia, de auxilio vial…y a los que quieren quitarse la vida saltando desde ventanas, por favor, piensen en los demás y en vez de caer en el canal rápido ¡apúntenle al hombrillo! O cuando menos busquen una acera desierta o un jardín…es que así es como podremos hacer de esta una ciudad mejor… ¡volvemos al estudio!”
¿Ahora que hago yo con toda esta vergüenza por haber elegido mal el brinco? Me regañaron hasta por la radio. Pensándolo bien me hubiese arrojado en la estación del Metro de Capitolio como a las 5 de la tarde…quizá así no me hubiesen agarrado tanta rabia…y Cañizales me perdonaría.
Etiquetas: Cañizales, Cuento, Petruscosas, Salto, Suicida
