martes, octubre 06, 2009
Microcuentos

Hallé un viejo amor por Internet. Nos citamos en el bar pero al rato tanta gordura fue insoportable…me sugirió una dieta y se fue
“Cuidado viejo” me gritó un joven. Quise perseguirlo pero las piernas me fallaron. No había notado tanto mis cien años como hasta hoy
Mi vieja se desata los recuerdos en la mecedora. Mi viejo lo hace viendo el paisaje. Cuando hablan van olvidando y mecen lento la vida
El polvo se disipa, noto la distancia que me falta por recorrer. Gota a gota me desangro pero seguro podré cornear a ese cabrón torero
Me dijeron que podía trinar en Twitter. Lo intenté, pero no tengo micrófono ni conexión. Sólo mi pico y mi inspiración de ruiseñor
Algunos me califican como sombrío, tenebroso, oscuro. Pero los vampiros sólo volamos por la noche ya sombría y no vemos la diferencia
Entré despacio, cuchillo en mano, convencido. Cuando hendí el aire, algo salió mal y el espejo se rajó. Fue un suicidio mal calculado
Todavía subo el camino que lleva a lo alto del monte, cómo ánima perdida, luego de esa última vez, cuando lo recorrí y al final salté
Érase una vez una palabra que comenzó su trazo con una F efectiva, siguió con una I interesante y finalizó con una N energizante. FIN
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viernes, marzo 27, 2009
Los comunes - El Demonio
A varias cuadras del parque había una sala con grandes vidrieras a través de las cuales pude ver algunas fotos de la exposición que esa semana estaba presentando la fotógrafa. Al frente de allí había una plaza redonda rodeada por árboles y museos ya deteriorados de sol e indiferencia. Una ronda de músicos hacía su presentación de esa hora, anárquica pero apasionada.
Me acerqué hambriento de pan pero también de arte. Me cuentan que en mis ojos se reflejaban esas dos necesidades hondas. Así me dijo uno de los músicos al cual llamaban El Demonio. Mientras los demás se me alejaron por temor, este se acercó, me dio unas galletas y agua y hasta me ofreció dormir en el apartamento que alquilaba con los demás.
En las noches siguientes conocí una vida depravada, dañada de sustancias y desenfreno, pero todo lo veía desde un rincón o desde una puerta abierta pues El Demonio me prohibió participar en eso leyendo en mi alma una historia distinta a la suya. Me ayudaba a comer, me dejaba participar en algunos de sus conciertos austeros pero nunca permitía que me uniera a la molicie humana que se daba en aquel edificio ahumado y viejo en el que pensé viviría por siempre.
Un día le conté todo a El Demonio, de donde venía y por que. Él me dijo que ya lo sabía, lo adivinó en mi teatralidad, en la arena playera que todavía caía de uno de los ruedos del pantalón, en esa ausencia de lágrimas que sólo produce una tristeza insondable y una desesperación rutinaria, y me ofreció ayuda, pero “sin preguntas” me dijo. “Hazte famoso, triunfa, aquí están los nombres, toma este dinero que yo te voy a ir dando” (me mostró un paquete de miles) "y haz lo tuyo…pero déjame a mi hacer lo mío".
Lo pensé (¡claro que lo pensé!) en esas horas largas a la que me acostumbré desde niño y que parecen durar días, que luego sí son días y pasan a ser meses. Así los años. Pensé en la oportunidad que el mismísimo Demonio me ofrecía: una vida de luz por fin, de éxito, de renombre, una gran obra en la capital, giras, entrevistas…pero con una sombra, un destello de perversidad en mi espalda que tarde o temprano, lo sabía, vendría por mí o se abriría paso para mostrarse como dueño de mis logros.
La última noche tomé la mejor ropa que tenía y salí del apartamento. Dejé el dinero y la oportunidad de vender mi alma, preferí mejor conservarme bueno, dejar aquella vida de común y venirme para mi ciudad desde donde salí hace tanto buscando amores y aplausos allende el mar.
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lunes, diciembre 29, 2008
Orinoquia
“Estaba soñando feliz montado en el chinchorro bien arropado y de repente desperté con mucha presión en la vejiga. Tenía que ir al baño urgente cruzando el patio, pero la noche era cerrada, tan oscura que sientes que si te mueves te puedes pegar en la nariz con cualquier cosa. Comencé a retirar la cobija pero, tú sabes, a esa hora se te vienen a la mente los miedos. Recordé la espantosa escolopendra que apareció el día antes cerca de la puerta del cuarto y que hubo que matarla a palazos… ¿y si había alguna otra por ahí paseando?, ¿y si estaba la hija o la pareja por ahí buscando venganza?...escuché entonces todo tipo de ruido sospechoso en el cuarto y en la casa: shrik, pik, chas-chas…a lo mejor no eran más que cucarachas hurgando algún rincón o un ratón orejón de campo paseando por el techo pero a esa hora me parecía un pelotón de escolopendras malignas tendiéndome una emboscada. Para más remate comenzaron a caer las primeras gotas de una lluvia incesante…plic, plic, plicplic, ploc ploc ploc…fuuuuu, un aguacero imparable cubrió con su roncar en el techo todo sonido sospechoso de ciempiés.

Comencé a pensar entonces con asco en lo que sería pisar descalzo a un sapo gordo y mojado a esa hora, en la sensación de estripar ese animalejo y sentirlo apretarse hasta explotar contra el suelo mientras le piel y las tripitas se metían entre los dedos. ¡Puaj!. Porque la población de sapos en esta casa ronda los 5 mil y en tiempos de lluvia se reproducen maravillosamente. Pasé entonces otro rato paralizado pensando en sapos y escolopendras, cucarachas y ratones y el sonido de la lluvia arrullándome la vejiga para que la vaciara de inmediato.
Finalmente me bajé dispuesto a lo que fuera, una que otra luz de los postes de la calle se colaba entre los árboles para darme la impresión de que podía ver algo por donde caminaba. Un paso, otro, el piso liso dio paso a la tierra ya gredosa y fría cuyo olor flotaba por todas partes. Los sapos cantaban con fruición su ración aguada madrugadora, seguro que estaban saliendo 500 sapitos de la charca más cercana en ese momento. A mitad de camino sonó una rama hacia mi izquierda y me detuve. Un ruido raro encima de todo el escándalo de la lluvia y los sapos. Me quedaban dos animales que podían estar acechándome: una enorme culebra, quizá cascabel o una tarántula maligna peluda y de ojillos rojos…pero ninguna de esas dos sería capaz de hacer ese ruido.
No sonó más nada por un buen rato mientras me empapaba hasta el alma bajo esa pared de agua así que corrí el último tramo y entré al baño. No había luz, como nunca ha habido luz en esta zona, así que prendí la consabida vela ya casi completamente consumida y pude vaciar con placer la presión que tenía desde hacía ya casi una hora…pissssssss.
El regreso. Mojado, con frío, aliviado pero ahora urgido de volver a la seguridad del chinchorro. Seguro que los conspiradores animales me pillaron de ida y no me iban a perdonar de venida. Así que me armé con un palo de escoba que apoyado en un rincón se aburría desde que le quitaron el cepillo y lo convirtieron en removedor de pintura.
Abrí la puerta y la brisa se encargó de apagar la vela apenas hube caminado unos pasos. Quedé de nuevo en una oscuridad pesada y húmeda. La lluvia comenzó a remitir pero quedaban los goteos del techo, los chirridos de los grillos enjuagados y los ruidos sospechosos que se arrastraban o crujían aquí o allá justo en frente de mí.
Avancé más lentamente esgrimiendo con fuerza el palo de escoba y más convencido que nunca de que en cualquier momento me caería una escolopendra comando en toda la nuca picándome con su cola bífida…”
Ahí le interrumpí el largo cuento y le pregunté con mi falta de imaginación profesional “¿pero dígame como fue que se hizo esta raja en la pierna?”
“Ah bueno” – contestó – “es que llegando casi al final olvidé que habíamos dejado una cava atravesada por la fiesta de anoche, tropecé y me caí contra unos ladrillos”
“Otro cuento de borracho” pensé y saqué las vendas.
Imágenes de Fotoreptiles y Sylvia Matsuda
Etiquetas: aguacero, animales, borracho, chinchorro, Cuento, Cuentos cortos, escolopendra, imaginación, lluvia, miedos, orinoquia, relatos, sapo, sueño
miércoles, abril 09, 2008
Buen diente
En un desayuno llegando a Barinas se comió una palangana de perico con 6 aguacates y una docena de arepas asadas, bañado en tres litros de natilla y dos kilos de queso duro.
Esos eran sus desayunos “fiesteros”, es decir, los que tomaba en fechas especiales.
Los cotidianos incluían sólo 5 arepas rellenas con chicharrón o con jamón y queso (el jamón de pavo y el queso munster que se derritiera hasta pegarse a la servilleta), un kilo de caraotas refritas o recién hechas con azúcar y suero. Era optativo que las arepas fueran asadas o fritas y sólo muy de vez en cuando variaba el menú criollo por algo más exótico: 3 docenas de panquecas con sirope, queso rayado, jamón, salchichas, tocineta y mantequilla o cuatro bolsas de pan Holsum hechas en tortillas “francesas”
“Yo tengo un buen diente” – solía declarar radiante a la prensa cuando lo seguía a romper algún record mundial o regional de tragaldabas indomable. La verdad a nadie le importaba mucho si rompía alguna marca o no pendiente de ver desaparecer los 20 kilos de comida en un dos por tres.
Los restaurantes se disputaban su imagen y le reservaban siempre una mesa cercana a la cocina de frente a la puerta del local así como los mejores cortes de carnes, pollos, pescados o cualquier bicho comestible que se le antojara. Se comía una punta trasera él solo junto con dos pollos enteros, 8 morcillas y dos bandejas de ensalada de palmito con tomate o se bajaba la olla de mondongo del día remojándole 4 bolsas de canillas francesas o 20 tortas de casabe. Cada cierto tiempo optaba por sus “antojos europeos” lanzándose 10 pizzas familiares con dos botellones de refresco o jugo de mora (cuando mucho durazno) o 12 platos de pasta variada entre linguinis, fetuccinis y tortellinis Alfredo, Pesto o 4 quesos.
Postres todos: quesillo, bienmesabe, helados, estrudel, pie, ópera, tres leches, marquesa, torta de queso, de zanahoria, de almendras, negra, helada, con arequipe, mil hojas, profiteroles, palmeritas, lloronas, bombas, ambrosias, donas, flan…
Sus cenas eran acompañadas con música en vivo y una cobertura de prensa que solía pinchar algún chisme sobre sus preferencias sexuales o políticas. En esos programas siempre había un invitado especial, experto, psicólogo o sociólogo (rara vez gastrónomo y nunca gastroenterólogo), quien comentaba sobre las profundas carencias del alma cuyo vacío buscaba llenar comiendo tanto y tan seguido o sobre quizá algún complejo de Edipo proyectado en los 7 risottos de salmón que se ventilaba con frecuencia (otros decían que el complejo de Edipo era más bien del hipo pues un ataque de esos podía durarle tres días estremecedores)
“Tengo un buen diente” – repetía antes las cámaras…y luego se supo que lo que decía era una gran y perturbadora verdad, pues todas las noches en privado antes de dormir, se sacaba su único diente, que de paso era postizo, lo pulía amorosamente, le sacaba filo y lo guardaba en un vaso con una mezcla de agua de rosas, Listerine y leche. Rezaba una oración y rogaba porque su buen diente le durará para siempre.
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lunes, febrero 11, 2008
Guasare
Lo hago cada día 14 de cada mes, una ida y una vuelta.
No hay subidas ni bajadas, es todo de un llano que te abofetea el alma, como lo hacen con la piel los granillos de arena que esta brisa le sacude a todo el mundo queriendo esculpir una nube sobre el mar.
De ida se alcanza a ver la cima de un cerro solitario que lucha contra la ventolera valientemente. Atrás el cielo lo secunda y se une a un felpudo de matas espinosas, frutales, verdes, marrones, de burros y conejos, vacas, bosta, madrigueras y ciento un mil millones de sonidos distintos que cada día resuenan sin eco en ese espacio infinito de vida. De esa vida que recuerdo todavía… “Es que son pocas décadas las que llevas” me dice un veterano marchante que se estaciona en su tremedal preferido a ver el atardecer.
Un grillo me taladra el tímpano y prosigo mientras las luces comienzan a encender por lo cerca de la noche.
Al llegar al cruce de caminos siempre me tienta desviarme hacia la playa, allí donde la lengua de arena es tan larga como la de la gente que comenta sobre las apariciones y sobre una cruz que puesta en medio de un patio protege de los malos tratos y los malos sustos. También usan la lengua para chismes terrenales pero esos ya no me atraen.
Me regreso atento al pasar de la gente en los carros, echándole más brisa al viento. Ajenos al chisme y al camino que discurro.
Sale una luna que de tanto blanco parece cal. Aquí es blanquísima, allá aquellos que por exceso de ciudad la creen amarillenta.
Ella pinta en claroscuro sobre la Sierra, sólo azules oscuros y negro, plomo que le llaman. Hacia allá, hacia la montaña voy pero nunca alcanzo ni siquiera la primera duna antes del amanecer. Antes del albor del día 15.
Entonces desatranco otra vez la puerta y me guardo con mi espejo, esa foto vieja de otros días. Sin pensar en el mes que pasará antes de que nuevamente sacuda el llavero y pasee por las arenas tentado de mar.
Es que por mucha tentación que haya no me iré de aquí, somos gente de este lugar, de Guasare.
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viernes, enero 04, 2008
El camino roto
Cruzar la avenida tenía tres variantes simples de ida y tres de vuelta. De ida primero una nube de gente, inquieta, insomne, insólita, que desafiaba el arrollamiento a cada instante y una nube de carros que buscaban alguna víctima aún con la luz roja estampada en sus frentes. Luego venía un semáforo verde con un paso de cebra invisible, tenías que atravesarte obligatoriamente para que el roce de los carros no te tocara. Más allá el cruce más largo y los peligros mayores. En ese sitio se puede aún hoy auscultar la humanidad completa.
De tanta caminata con hambre o con modorra por esa vertiente se me volvió corta y simple, pero al principio era duro dar un paso sin sentir curiosidad por los otros que compartían ese camino día a día. Ajenos al azul del cielo que según ellos se afeaba por la cloaca y la calle (y yo que lo veía tan azul pariendo nubes a cada instante para embellecer aún más el día de sol), indiferentes ante el verdor de los arbolitos que hay salpicados aquí y allá, como estornudados, o ante el panorama que se ve desde el puente con el cual se podría hacer un rompecabezas genial. Para mi visión artística todo eso era una maravilla pero para los demás no era más que una ciudad a la cual odiar.
“Tu eres un perro verde” me espetaron una vez, pero no entendí. Mi tono de pelambre es más bien marrón.
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jueves, noviembre 01, 2007
Los comunes – El libro de los despistados
Llegué luego de quien sabe cuanto tiempo al frontispicio de un iglesia. Alta, blanca, grandiosamente horrenda desde lejos. Con unos estatuines en sus puntas más elevadas y una visión desde la esquina de una avenida de poca monta que hacía recordar una mansión lujosa venida a quintota de tercera.
Extraviado me senté en unos escalones a meditar sobre mis encuentros. Pasado el rato, quizá media hora quizá tres días, busqué en mis bolsillos un par de mangos verdes con esperanza de estar maduros alguna vez. Al sacarlos se cayó al piso el libro que me entregó el filósofo barbudo, no me había acordado de él desde aquel encuentro en el parque.
Lo levanté del piso cuan corto era y lo detallé: tapas oscuras, raídas. Olía a la humedad de cien lluvias y vagamente también a lavanda.
En su primera página leí una pregunta: “¿Recuerdas tu primer paso?”
Pensé en aquellos fugaces tiempos de pantomima de acera y cantos sin fin. Pero más atrás recordé de repente un niño en un espejo…más bien en una foto, procurando explicarse como podía estar él en dos lugares distintos al mismo tiempo. Mi primer hallazgo de conciencia.
Lloré aquel recuerdo casi disuelto como si nunca hubiera salido de casa. Mi primer paso fue el abandono y mi primera lección el desapego, pero no el abandono grácil de quien renuncia ni el desapego tranquilo de quien se echa a la mar cada día.
Tras muchos días andando aterrado, sujetando con saña un vidrio esmeralda filoso como navaja me detuve en la sombra de un jabillo. Ahí, apoyado, viendo el sin sentido de los carros rodando por la autopista, berreantes y desenfrenados, la impavidez de los caminantes, la indiferencia del cielo, recordé el libro y casi lo abrí por su tercera página, pero me llené súbitamente de un terror helado a esa tercera pregunta. Lo dejé caer al piso y junto con él me tendí yo también, cubriéndome con las manos, cubriéndome el alma.
Luego de tres noches junto al árbol, viendo la vida desde el piso, el mismo runrún cargante, opresivo, me levanté con cuidado, crujiendo huesos. Me guardé el libro que más nunca abrí y fui a buscar un señor que vendía comida en la calle para que me regalara algún plato desechado.
(Foto de Omar Eduardo)
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